sábado, 8 de agosto de 2009

El gran pez a la conquista del caracol dorado


Por Yaneth Rivera

Un día el gran pez se encontraba en casa con su hijo, Will, y su esposa. Al ver que se acercaba el quinto cumpleaños de su hijo, y se preguntó qué le regalaría. Después de mucho imaginar el obsequio, recordó una vieja historia de su padre, algo único, especial, impresionante. Así fue cómo se le ocurrió darle un enorme y hermoso caracol de mar dorado que se encontraba en un bqaúl de un barco abandonado por piratas en la Atlántida. Dijo a su hiijo que debía ir a trabajara y que regresaría el día de su cumpleaños, se despidió y se fue. A pesar de que solo había escuchado esa historia de su padre, el gran pez ten;ia la certeza de encontrarlo y quien lo guiaría era una brújula magnética que su padre le había obsequiado precisamente el día de su quinto cumpleaños.

El gran pez fue al muelle, y se embarcó en un pequeño bote, era un día frío de invierno y a lo lejos en el horizonte se vislumbrava que caería una torrencial tormenta. Pero no le importó, pues quería llegar de inmediato a la desconocida isla. Para todos eso sería imposible, menos para él, un persistente hombre y audaz que con su brújula empezó su viaje. Ya navegando y con la fuerte lluvia cayendo, su bote se balanciaba en bravías aguas de aquel intimidante mar; el viento soplaba los relámpagos y los truenos iniciaron, un intenso frío lo hacía tiritar pero a aquel valiente hombre nada lo detendría: era extremadamente testarudo y obsesivo.

Cuando la lluvia dejó de caer, una aparente calma se hizo notar más. Un enorme tiburón blanco lo seguía; el gran pez se dio cuenta y apresuró su marcha para despistar al feroz tiburón. Empezó a navegar en zigzag, de repente una gran ola que había quedado de la tormenta golpeó el bote del gran pez pasándolo sobre el gigante tiburón y así aquel animal perdería la pista de su presa.

El gran pez sabía que su destino estaba cerca, pues los peligros encontrados se lo avisaban. Después de unos minutos vio a lo lejos un enorme íceberg y recordó que los íceberg dejan ver solo una pequeña parte de su descomunal tamaño. Su objetivo era anclar cerca de la gran montaña de hielo, pero su gran sorpresa fue que ahí, cerca del íceberg, se econtraba el terrorífico barco pirata en el que se hallaba el preciado tesoro, el regalo para su hijo.

Subió al barco, estaba sucio, ligeramente oscuro. Buscó el baúl y ahí estaba el precioso caracol dorado que brillaba con luz propia y emitía relajantes sonidos de mares muy lejanos. Lo tomó, abordó su bote y se fue; pero a medio camino se dio cuenta que su bote estaba dañado, unas hambrientas pirañas lo habían agujereado. Atrás, una enorme serpiente lo seguía para quitarle su preciado tesoro que había custodiado por siglos.

El gran pez sintió morir, estaba a la deriva, e imploró al dios de los mares. Neptuno escuchó sus súplicas y le otorgó clemencia. Mandó a una hermosa sirena y a un caballo de mar a ayudarlo. El hipocampo tiraba con todas sus fuerzas y la sirena empujava todo lo que podía, así poco a poco iban alejando a la terrórífica serpiente hasta que esta se cansó. Luego de un tiempo llegaron al muelle, de donde había zarpado.

El gran pez agradeció al caballo de mar y se inclínó para besar la mano de la sirena, hizo reverencia al mar y prometió a Neptuno volver en forma de pez cuando muriera.

Faltaban solo unos minutos para que la fiesta de cumpleaños terminara. El gran pez tomó el carazon y corrió a su casa. Cuando entró, ahí estaba su hijo soplando las cinco velas de su pastel.


PD: La foto es una pintura de Natalia Ceballé. Óleo sobre lienzo, 65 x 81 cm.
Pueden verla en aquí: http://www.pintorasdebenidorm.com/index.html.